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Condenación y muerte, justicia y vida

Contrastando el Nuevo Pacto con el Antiguo, el Apóstol señala que “la letra”, con sus requisitos y penas, “mata”. Por eso la dispensación de la Ley se llama “ministerio de condenación” y “ministerio de muerte” (II Cor. 3:7,9).

La ministración de la Ley comenzó en un resplandor de gloria. El monte Sinaí era “totalmente humeante… como el humo de un horno”. Hubo truenos y relámpagos y un terremoto. Se oyó el sonido de una trompeta, “muy fuerte”. Estaba la gloriosa nube Shekinah en la que Dios mismo apareció y “habló todas estas palabras” (Ex. 19:9-20:1).

Pero antes de que Moisés hubiera bajado del monte con las tablas de piedra, el pueblo estaba quebrantando el primer mandamiento, bailando como paganos alrededor de un becerro de oro. A partir de aquí la administración de la Ley tomó otro aspecto. Había que dictar sentencia e infligir penas. Ninguno pudo escapar a su justa sentencia de condenación y muerte. Lo que había comenzado en gloria llevó a la oscuridad, “porque la ley produce ira…” (Rom. 4:15). “…porque está escrito: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas que están escritas en el libro de la ley para hacerlas” (Gálatas 3:10).

Pero no puede haber melancolía asociada con la ministración del Nuevo Pacto, dice el Apóstol, porque bajo él la justicia y la vida se administran a todos los que las reciben por la fe. Y esto porque las pretensiones de la Antiguo Pacto fueron cumplidas plenamente por Cristo en el Calvario. Así, la ministración del Nuevo Pacto eclipsa la ministración del Antiguo en todos los aspectos.

Pero, ¿no se hizo el Nuevo Pacto “con la casa de Israel y con la casa de Judá”, más que con la Iglesia de nuestros días? Sí, pero con el rechazo de Cristo por parte de Israel y su ceguera temporal, las bendiciones del Nuevo Pacto ahora se otorgan por gracia a aquellos que reciben a Cristo. Por lo tanto, no fue Pedro o los doce, sino Pablo quien, con sus socios, fue hecho un “ministro competente de un Nuevo Pacto ” (II Cor. 3:6)