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El hijo de una virgen

“He aquí, una virgen concebirá” (Mat. 1:23).

María se sintió muy honrada de que ella fuera elegida para ser la madre virgen del Mesías. Esta era una distinción por la que toda mujer judía había esperado y orado. Pero, ahora que había oído las buenas noticias del ángel Gabriel, se encontraría en la posición más embarazosa de una doncella soltera con un hijo. No es de extrañar que María se apresurara a ir a la región montañosa para visitar a Elisabeth, la futura madre del milagrosamente nacido Juan, más tarde llamado Juan el Bautista. ¿Quién, en tal caso, comprendería mejor o estaría mejor preparado para dar un consejo comprensivo a María?

María permaneció con Isabel durante unos tres meses, o hasta el nacimiento de Juan el Bautista (Lucas 1:36,56), pero ahora la verdadera prueba estaba por venir, ya que debía regresar a su hogar en Nazaret para enfrentarse a sus parientes y conocidos: y José, su amor. ¿Qué dirían? Y sobre todo, ¿qué diría? ¿Cómo se podía esperar que creyeran su historia? ¡Un ángel se le había aparecido, en verdad!

En el registro de las reacciones de José se nos da luz en cuanto a la vergüenza extrema en la que ahora se encontraba María. Considere la posición de José. María era su “esposa desposada”. ¿Por qué se había ido y se había quedado tanto tiempo? Y ahora, ¿qué es esto? Ella es encontrada embarazada, no por él. Su explicación, si es que se la ofreció, debe haber parecido muy insatisfactoria. Él podría haberla acusado de adulterio y haberla apedreado, pero “siendo varón justo [Lit., “imparcial”]” él “tuvo el propósito de repudiarla en secreto” (Mat. 1:19).

Pero “mientras él pensaba en estas cosas”, con un corazón apesadumbrado, “se le apareció el ángel del Señor” y José aprendió la verdad; que ella en verdad iba a ser la madre honrada del Mesías de Israel, el Redentor de los pecadores.

Fue porque nuestro Señor era el Hijo de Dios, nacido en el mundo de una virgen y no participando de la naturaleza pecaminosa de Adán, que pudo ir al Calvario y pagar la pena completa por nuestros pecados. Él “padeció por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (I Pedro 3:18).